UN REGALO
Al entrar en el hall aspiré un perfume intenso y agradable qué me emocionó. Allí juntas y olorosas, me ofrecían la esencia del amor. De repente, aquella fragancia me transportó en un viaje virtual –al igual que la magdalena de Proust- a mis años de juventud y mis primeras salidas: mi primer baile, mi primer novio, mis 18 años… todo un mundo de novela rosa que huele a campo, que huele a naturaleza, que huele a limpio, que huele a primeras sensaciones y en definitiva que huele a esencias de corazón.
Allí estaban, envueltas en verde follaje, cerradas y emitiendo una colonia dulzona en toda la casa. Sus emanaciones envolvieron a toda la familia y lograron que todos sonrieran al husmear su evocadora y sensual esencia. El paso del tiempo, como hace con la vida, les fue dando madurez y profundidad en su esencia. Se fueron abriendo y permitiendo que su perfume cálido y evocador nos sumergiera a todos en nuestros sueños más íntimos. El olor intenso se volvió casi pegajoso. Poco a poco, sabiendo que su vida era efímera, se fue desprendiendo de cada una de sus partes, como un regalo póstumo, para darnos un baño relajante y así disfrutar de su última esencia.
Al entrar en el hall aspiré un perfume intenso y agradable qué me emocionó. Allí juntas y olorosas, me ofrecían la esencia del amor. De repente, aquella fragancia me transportó en un viaje virtual –al igual que la magdalena de Proust- a mis años de juventud y mis primeras salidas: mi primer baile, mi primer novio, mis 18 años… todo un mundo de novela rosa que huele a campo, que huele a naturaleza, que huele a limpio, que huele a primeras sensaciones y en definitiva que huele a esencias de corazón.
Allí estaban, envueltas en verde follaje, cerradas y emitiendo una colonia dulzona en toda la casa. Sus emanaciones envolvieron a toda la familia y lograron que todos sonrieran al husmear su evocadora y sensual esencia. El paso del tiempo, como hace con la vida, les fue dando madurez y profundidad en su esencia. Se fueron abriendo y permitiendo que su perfume cálido y evocador nos sumergiera a todos en nuestros sueños más íntimos. El olor intenso se volvió casi pegajoso. Poco a poco, sabiendo que su vida era efímera, se fue desprendiendo de cada una de sus partes, como un regalo póstumo, para darnos un baño relajante y así disfrutar de su última esencia.
UN GUISO
El aroma lo percibía ya en las escaleras, antes de entrar en casa. Olfateaba el agradable olor a guiso tradicional de muchas cocinas españolas. Me imaginaba el plato sopero lleno de aquel humeante, espeso y pardo líquido, en el que se entremezclaban todos las esencias de sus ingredientes. Allí, aspiraba la tierra con sus pequeñas chispas redondas y oscuras, base del plato; aspiraba la huerta con esencia de tomate y de cebolla; aspiraba las especias con restos de laurel, pimentón, nuez moscada, pimienta y pizca de ajo; pero especialmente aspiraba el fuerte, vibrante y delicioso olor de la matanza. Yo llegaba del colegio aterida por el frio y mi cuerpo entraba en calor solo con oler los efluvios de su rica mezcla. Cada vez que huelo un aroma de este oloroso y cálido guiso de matanza, de especias, con restos de algún producto de la tierra regreso a mi niñez y entro en calor.
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