domingo, 14 de febrero de 2010

Un domingo de mi infancia


La Gran Vía estaba en su apogeo a aquella hora. Era un domingo de octubre de mediados los años 50, del siglo pasado obviamente. Salíamos de la misa de 12 en San José, mi madre elegante y satisfecha con su mantilla; mi hermano medio dormido y muy repeinado, con sus pantalones cortos y sus zapatos nuevos, estaba deseando irse a jugar a las chapas con sus amigos. Yo les iba a la zaga un poco avergonzada de la cursilada de traje que me habían obligado a ponerme con volantes y bordados, además del perifollo de trencitas que me hacían parecer una niña pequeña. Por si fuera poco, iba de la mano de mi madre como si me fuera a perder. Todo mi cuerpo se curvaba hacia adelante, como un caracol, para esconderme dentro de mi misma y que nadie me viera. Mi triste mirada avanzaba más rápida que mis piernas para llegar cuanto antes a casa y tratar de quitarme toda aquella armadura de velo, zapatos duros, gomas, horquillas y el disfraz de niña buena que sabe rezar. Lo único que quería era meterme en mi habitación y poder leer, pero no iba a ser nada fácil pues todos domingos venían a comer a casa mis tíos y primas para el ritual de la paella.
Hasta esa semana mis lecturas se limitaban a cuentos bastante tontos y a las lecturas de las monjas que no se salían de los libros de santos y de los evangelios, porque ni tan siquiera la Biblia les parecía, creo yo, un libro respetable para unas niñas inocentes. Mi prima -dos años mayor que yo- me prestó a escondidas el libro de Antoñita la Fantástica; con cuidado lo escondí y lo metí entre mis libros de cole para que pareciese que estudiaba, pues tenía todas las papeletas para que me lo quitasen, ya que mis notas habían sido un desastre y mi padre me llamaba la “cuatro por cuatro”; ya sabes, por aquello del famoso coche y mis múltiples suspensos.
Cuando empecé a leerlo ya no pude parar. ¿Te imaginas? era una niña como yo, con un hermano que le rompía todo lo suyo, una tía que lo sabía todo, unas monjas mandonas que la torturaban con los rezos, la costura (siempre torcida y sucia para su gusto), la escritura de palos picudos. Antoñita podía con todo, era más lista que ellos y se reía o lloraba pero siempre salía airosa. Leí un capitulo tras otro como no había leído hasta entonces. No me parecía que leía sino que vivía dentro del personaje de Antoñita. Ya no era yo la niña tímida y acomplejada que soportaba con resignación un entorno rígido y normativo, sino una divertida y desenfadada muchachita que, como tu libro de Alicia en el País de las Maravillas, atravesaba paredes y se sumergía en el nuevo universo lleno de luz en el que todo era posible.
Cuando aquel inolvidable domingo salí de mi cuarto corrí por pasillo haciendo mucho ruido, entré en la cocina y comí chocolate hasta hartarme, me sequé las manos en el precioso vestido blanco sin importarme qué podían pensar y decir el resto de la familia.

viernes, 5 de febrero de 2010

bienvenidos a mi blog


Mi madre, en su costurero, tenía muchos retales, hilos de colores y un montón de imaginación para confeccionarnos todo lo que le pedíamos. En honor a ella, quiero tejer con los trozos de mi vida la historia de esta maravillosa familia. En este taller también escribiré cuentos para mis nietos -vengan o no- para así poder disfrutar de los sueños de infancia. Tirando de los hilos del recuerdo trataré de recordar los muchos viajes que he hecho y, como todo no va a ser pasado, creo que iré haciendo la bitacora de mi viaje actual, aquí o por donde ande recorriendo el mundo.